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Desarraigo: El mal del inmigrante

Desarraigo: El mal del inmigrante

Se entiende como desarraigo, según la RAE, a la separación que sufre alguien del lugar o el entorno en el que ha sido criado y ha crecido, al corte que se produce en los vínculos afectivos que se tiene con el lugar de origen de uno.

Y en nuestros días, en los que tantas y tantas personas se marchan a vivir a otra ciudad u otro país lejos de donde nacieron, es una sensación que se da muy frecuentemente. Todos tenemos necesidades, y entre las necesidades que motivan la emigración y la inmigración se encuentra la necesidad de dinero, el desarrollo laboral y profesional, la necesidad de vivir en un lugar donde los hijos puedan crecer seguros y tranquilos, o la búsqueda del bienestar para la familia. En resumen, la búsqueda de un futuro mejor al que se podría aspirar en el lugar de nacimiento.

Todo lo mencionado es importante porque ayuda en la adaptación, un proceso que puede durar bastante tiempo y en los que los altibajos se pueden suceder, de manera que no debemos olvidar la necesidad que motivó nuestro desplazamiento.

Durante el desarraigo se pasan por diferentes procesos de duelo: por las costumbres diferentes, por la comida y la cultura, por las personas queridas que hemos dejado atrás, y también por el idioma ya que son muchos los ejemplos (en los países de habla hispana hay muchos) de diferencias en el significado de palabras o definiciones, o en frases que no tienen el mismo significado en un lugar que en otro.

Lo importante es no pasar el desarraigo solos, no guardárnoslo, y recorrer este camino acompañado. Podemos hacerlo con lugareños que nos incluyan en su círculo y nos ayuden a adaptarnos a sus costumbres, con personas de nuestro país que debieron desplazarse al mismo lugar por necesidades similares, y por supuesto con nuestros allegados que nos apoyen desde una distancia que es geográfica pero que nunca será emocional.

De hecho, este último aspecto es muy importante cuando se vive fuera, y hay que trabajar en ello, para no cortar dramáticamente los lazos con nuestras raíces.

Marcharse a otra ciudad y país es una experiencia individual y particular, y no todos los casos son iguales ya que hay quien se va solo, quien se va con familia, y cada personalidad es también diferente. Pero algo en común es la necesidad de ser consciente de las emociones que se experimentan y de ser saber de que si tenemos claro quiénes somos, qué deseamos y qué creemos que será mejor para nuestra vida, nos sentiremos menos solos.